29.8.09

Constantino el Grande


Cuando Constantino, emperador romano de Occidente, y Licinio, emperador de Oriente, firmaron en 313 el Edicto de Milán, nadie podía sospechar que la libertad religiosa que salvaba, a partir de aquél momento, a los cristianos de la persecución convertiría a la iglesia católica en una institución occidental de longevidad casi insuperable. Después vendría el Concilio de Nicea, presidido por Osio de Córdoba, dónde se condenó el arrianismo y se estableció el marco teológico de la religión cristiana.

Son hipnóticos estos momentos pivotales, dónde el río de la historia toma un curso u otro en función de los intereses, las maniobras o las acciones de sus protagonistas. La figura de Constantino ha quedado acuñada como la del primer emperador cristiano, pero basta recorrer estudios como los de Paul Veyne o James Carroll, dónde el emperador oscila entre el hábil cálculo y la genuina conversión, para ver cuán frágil es la reconstrucción histórica incluso de los episodios más conocidos. Lo mismo sucede con las distintas representaciones que del emperador hacen las (por lo demás, muy recomendables) muchas series o docudramas sobre el imperio romano. Por ejemplo, la adaptación de la BBC, moderna y casi fílmica (con actores profesionales y unos medios que para sí querrían los cineastas españoles, excepto quizá Amenábar). Con lo que me gusta (y me cuesta) recrear la Edad Media, me quito el sombrero para con resultados tan diversos pero tan notables.


24.8.09

Homo ludens



Dice Johan Huizinga en su importante libro Homo ludens (1938) que el juego es libertad, que el ser humano utiliza la inventiva, la creatividad y la folie (como se conocía en la Edad Media a la actitud lúdica por oposición al sens, el buen sentido) como espacio de expresión de la cultura de un pueblo. La mencionada cultura de ese pueblo comprende leyes, saber, guerras y poesía, es decir, todas las formas de relación entre los individuos de una misma sociedad y entre éstos y los demás. En el juego, paradójicamente para los que consideran que la responsabilidad está reñida con la folie, hay también orden, pues para saber jugar hay que respetar unas reglas claras y precisas.

Es sugerente la tesis de Huizinga de que la caballería, la guerra o la cultura pertenecen también a la esfera del juego, por ser distintas manifestaciones de la voluntad de ser el primero: el más devoto guerrero medieval, el primer y cortés combatiente, el mejor artesano y orfebre, el más sagrado poeta. Cuando leo a Huizinga afirmando que "para comprender la poesía hay que ser capaz de (...) investirse el alma de niño como una camisa mágica (...) Nada hay que esté tan cerca del puro concepto de juego como esa esencia primitiva de la poesía", respiro más tranquila. Feliz regreso al trabajo a todos los que, como yo, quieran seguir jugando.

12.8.09

Leonor de Aquitania


En la efigie que yace en la abadía de Fontevraud, dónde está enterrada, no se distinguen los rasgos de belleza legendaria que hicieron famosa a Leonor de Aquitania en todo el Occidente medieval. El rostro es ovalado y de facciones regulares, sí, pero descansan con una placidez que se me antoja engañosa. El "águila bicéfala", como la habían llegado a llamar sus enemigos por haber llevado dos coronas, la de Francia y después la de Inglaterra, debía ser una hermosa mujer, pero de aquéllas cuyo encanto emana del movimiento y de la energía. Legendaria fue la vitalidad imparable de una reina que cruzó el canal de la Mancha cuantas veces fue necesario para sostener un reino, y a veces, para oponerse a su propio marido, el rey de Inglaterra Enrique II de Plantagenet.

Pienso en Leonor porque acabo de leer una biografía de la duquesa de Aquitania, escrita por Régine Pernoud en 1966 y traducida por Espasa Calpe en su día, y que ahora vuelve a publicarse. Después, releeré la biografía del también medievalista Jean Flori y sus cartas. Pienso en ella porque Leonor aún no ha aparecido en mis novelas más que como un fantasma, o una referencia al vuelo: como la esposa de dos reyes y la madre de una reina de Castilla (su hija Leonor casó con Alfonso VIII). Pienso en una mujer que vivió y luchó durante ochenta años, poseyó dos coronas, vivió rodeada de poesía y de música, y ahora duerme en una tumba de piedra, sosteniendo para siempre un libro entre sus manos.

11.8.09

El tiempo medieval



En la Edad Media, sólo las campanas marcaban el paso de las horas (hasta la llegada de los relojes mecánicos o de péndulo). El tiempo medieval era pues un tiempo que seguía el ritmo de los rituales y la liturgia religiosa (primero en las iglesias y parroquias y después, ya entrado el siglo XII, también en los monasterios) y desgranaba las horas de la misa: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas, como nos recuerda Jacques Le Goff en su artículo El Occidente medieval y el tiempo. Pienso en eso al escuchar el sonido de unas campanas casi anacrónicas en nuestro tiempo de relojes digitales, de precisión, sumergibles y calculadores.

Para pasar ese tiempo sin horarios, los hombres y las mujeres medievales se guiaban por los libros de horas, el más conocido de los cuales es del Duque de Berry. Como una novela gráfica, los campesinos y señores desfilan mes a mes, contándonos sus actividades: en la ilustración de arriba, descubrimos que en agosto los señores se dedican a la caza, y que el calor aprieta tanto en la Edad Media como ahora (con permiso del cambio climático): al fondo, unas figuras se zambullen gozosas en un lago de agua fresca.

20.7.09

Viajes por España (III): Bilbao

Un día después, en Bilbao el sol lucía con casi tantas ganas como en Sevilla, hasta el punto de que tuve que sacar mi sempiterno abanico para combatir el calor. Antes de salir por el segundo periplo (para distinguirlo de la semana del 7 de julio, dónde estuvimos en Toledo, Madrid y Valencia) el equipo de prensa de Planeta me había enviado una entrevista de una página entera, ya publicada pues el periodista había seguido la presentación de Toledo. (Qué mosqueada parezco en la foto, ¿verdad? Pues es la miopía y el flash de las cámaras :)

Así que el País Vasco, con la eficiente María a la cabeza de nuestra expedición de dos personas, tuvo a bien ser el cierre de esta mini-gira, y de nuevo el día dejó de tener horas para llenarse de caras, besos, radios (programas veteranos como Pompas de Papel), periódicos y televisiones. Y la última entrevista, con la sonrisa ya en los labios porque el siguiente avión me llevaría de vuelta a casa y a los míos, y también porque a las cosas buenas hay que saber saludarlas deprisa y con cariño, no sea que se olviden de uno, se den la vuelta y no regresen.

Viajes por España (II): Santiago de Compostela


Y llegué a Santiago de Compostela casi tocando las doce y esperando ver meigas... y ¡escuché gaitas, claro! En plenas celebraciones del verano, la plaza del Obradoiro y el Parador Hostal de los Reyes Católicos se convirtieron en cómplices de una música que se remonta precisamente a la Edad Media y que resonó durante la noche compostelana. Os juro que entre la melodía medieval, la madera recia de las puertas de las habitaciones del parador y los arcos de piedra que se abrían al claustro -pues el hostal había sido antes monasterio- pensé que una vez más (como en Toledo) todo jugaba a convencerme de que el siglo XII había salido de las páginas de mi libro para acompañarme, como un amigo más, en la aventura promocional de este año.

Pero me despisto, y eso no puede ser. Porque primero tengo que mandarle un abrazo a Noa, que ya es reincidente en eso de acompañarme mientras hablo con los periodistas de mis criaturas. Con ella pasé una agradable jornada charlando de literatura entre radios, televisiones y periódicos y disfrutando del apacible día nublado con el que la ciudad de Diego Gelmírez tuvo la gentileza de obsequiarme. Con Rocamadour y Santiago se abre la acción de mi novela: dos templos de piedra para una aventura medieval.

Viajes por España (I): Sevilla


Bajo un sol de justicia -como no podía ser de otro modo en Sevilla- regresábamos de tomar unas tapas de mediodía y de muy señor mío en un restaurante muy cerquita de la plaza dónde radicaba el hotel en que estaba instalada gentileza de mi editorial, y pensaba yo medio distraída por el sol y el salmorejo que ojalá a los lectores tan acostumbrados a vivir entre la herencia árabe y la realidad de hoy en el sur de España les gustara la historia que les cuento en La tierra de Dios. Si así fuera, me daba por satisfecha porque no hay nada más difícil que convertir lo cotidiano de la gente (bien sea la Historia o las pequeñas historias) en material de imaginación. Sevilla tiene sol, luz cegadora, azules implacables en el cielo, y orgullo en las calles empedradas. Di muchas entrevistas, pero sobre todo recordé que esta ciudad había sido capaz de cautivar a los califas de Córdoba y convertirse, en detrimento de ésta, en la capital del califato a partir del último cuarto del siglo XII. Que no es poco.

(Aprovecho para mandar un beso y dar las gracias a Carmen, que me acompañó durante todo mi día sevillano, y se preocupó de todo para que yo me despreocupara a gusto.)

13.7.09

Y seguimos: Sevilla, Bilbao y Santiago

El tiempo de la promoción o de las entrevistas a medios de comunicación puede ser pesado o divertido, según cómo se lo tome cada autor. En mi caso, tengo la suerte de pasármelo bien pues me parece todo un gesto de generosidad que alguien (además de los lectores) se interese por mis libros. Pero si además la promoción consiste en conocer a personas estupendas, arropada por un equipo humano como la copa de un pino, y en parajes como Toledo, Valencia, Sevilla, Bilbao y Santiago de Compostela, pues comprenderéis que os diga con ilusión que mañana empezaré la segunda parte de mi periplo, y que si residís en estas últimas tres ciudades, pues allí nos vemos. Más a la vuelta :)

Toledo: atardecer y cena en el Parador


Esa es la maravillosa vista que disfrutamos durante la cena de presentación de "La tierra de Dios" en el Parador Nacional de Toledo (que os recomiendo encarecidamente que visitéis si tenéis la ocasión), en un condumio con brisa nocturna de propina y mejor compañía, procurada por el equipo del Parador (desde aquí un saludo para la espléndida directora y su equipo, que nos cuidaron más allá del deber) para una servidora y los periodistas y libreros que asistieron a la mencionada cena. Una noche y un amanecer inolvidables, en los mismísimos escenarios de la novela, aderezado con risas pre-veraniegas y buen ambiente. Al día siguiente, en la librería Hojablanca de Toledo, tuve oportunidad de charlar con los sabios del lugar, y ya tengo ganas de volver a verlos (señal de lo bien que lo pasamos).

Antes de eso, junto con los periodistas y libreros paseamos por el casco antiguo de Toledo, en un trayecto imaginado por el equipo de prensa de Planeta y plasmado con arte y entusiasmo por nuestro guía Adolfo (a quién también mando otro saludo, porque fue breve e intenso pero genial trabajar con él), durante el cuál no quedó duda de que la época medieval es una pasión adictiva para los que "padecemos" de esa afición. Desde esta humilde plataforma, un abrazo muy fuerte a todos los que hicieron que fuera posible.

7.7.09

Firma de ejemplares en Toledo


Hago un rápido interludio en este viaje promocional con primera parada en Toledo -y qué parada, os daré más detalles de la espléndida noche de ayer en futuras entradas- para avisaros a los que estéis en Toledo o cercanías que hoy por la tarde, a partir de las 18h30, estaré firmando ejemplares en la librería Hojablanca. ¡Hasta pronto!

5.7.09

La escuela de traductores de Toledo



La ignorancia del historiador es la fortuna del novelista: puesto que (desgraciadamente) tanto desconocemos del pasado, en una tarea de imaginación como es la narrativa es lícito (afortunadamente) rellenar los huecos de la historiografía con los trazos, más cómodos y felices, de la ilusión. Es el caso de la escuela de traductores de Toledo: el debate sigue hoy vivo sobre si se puede considerar dicha escuela propiamente fundada en el siglo XII, o si cabe esperar a la llegada de Alfonso X El Sabio para bautizarla como tal escuela. Un matiz tal vez sin importancia para el público general, pero un interrogante esencial para la organización de la cultura y la transmisión del saber en la España del siglo XII.

Por mi parte, los lectores que ya se han sumergido en "La tierra de Dios" han podido comprobar que he optado por el prudente término medio: he imaginado un espacio, propiedad del arzobispado de Toledo, dónde Gerardo de Cremona y Domingo Gonzálvez encabezan un pequeño ejército de sabios y traductores afanosamente dedicados a volcar el saber de una lengua a otra. Si son o no una escuela, esa es tarea de historiadores desentrañarlo; como escritora, me he limitado (y he gozado) a recrearlos rodeados de manuscritos, artilugios y curiosidad.

Pienso en Toledo porque mañana me esperan sus calles, y tengo ganas de verlas de nuevo. Hay ciudades cuya magia resuena desde el pasado, y la ciudad de Santa María la Blanca es una de ellas.

26.6.09

En las librerías



La imagen que ilustra esta entrada es el sueño y la pesadilla de todo autor. Me explico: no hay nada más agradable cuando tu libro se ha puesto a la venta que entrar en un centro librero como pueda ser la FNAC, El Corte Inglés, Casa del Libro, o una librería independiente, y ver una caída de libros como la que disfruta La tierra de Dios en esta fotografía. ¿Qué es una caída de libros? En el lenguaje editorial, precisamente esta disposición de los ejemplares, situados en cascada y que ocupan más espacio -y tienen mejor exposición- que aquéllos que llegan a la mesa de novedades (que no es poco).

Como os decía, es un sueño porque no hay nada mejor que ver a tu libro esperando que un lector lo escoja y se lo lleve a casa. Y al mismo tiempo, es una pesadilla porque no hay nada peor que ver a tu libro esperando que un lector lo escoja y se lo lleve a casa. Pero en fin, como soy de natural optimista y además el cine es mi segunda patria, sé que Gary Cooper que está en los cielos (o eso decía Pilar Miró) no los dejará solos ante el peligro.

15.6.09

Mañana



Mañana tiene nombre dulce, de nerviosa energía y a la vez de pereza deliciosa. Me late la yugular cuando estoy muy triste o muy feliz, y en este caso es lo segundo. Mañana se pone a la venta La tierra de Dios. Es la novela que empecé a escribir poco después de haber salido La dama y el león en febrero de 2006, y a cuyo manuscrito le puse punto y final a mediados de mayo de este año 2009. Tres años han pasado, y lo que ha pasado en tres años. En alguna página de la novela, que es un aventura medieval con sangre, sudor, lágrimas y mucha acción, se habrá colado un día de octubre, un verano caluroso, un invierno crudo y algo de primavera desubicada, como todas las estaciones de paso. Deseo que disfrutéis mucho de la lectura de este libro, y os prometo que hoy no dejaré de pensar, siempre, en mañana.

14.6.09

Feria del Libro de Madrid

Breve anécdota que me contaban de la (desternillante, como todas las ferias) Feria del Libro de Madrid: una señora se para frente a una caseta, con dos críos de la mano, un cochecito empujándose por arte de birlibirloque, llevando las bolsas y el bolso, y repite en voz alta, leyendo el título de un libro expuesto en la parada:

- "1001 libros que hay que leer antes de morir".

Reflexiona un instante, antes de soltar con un tono que navega entre la añoranza y el choteo:

- ¡Pues habrá que darse prisa!

Y sigue avanzando, empujando a churumbeles, carrito, bolsas y cabaña varia.

Lo cual me lleva a la sabia y resabiada conclusión de sin (buen) humor no hay lecturas, ni ventas, que valgan. Así que echémonos unas risas, por lo que pudo haber sido y nunca fue, y por lo que será que no sabemos, que sin duda es mucho.

2.6.09

La Edad Media en guerra


La batalla medieval está tan arraigada en el imaginario colectivo que resultaría difícil, a estas alturas, convencernos de que el conflicto abierto y armado entre facciones enemigas era la excepción y no la regla: ¿quién no piensa en dos caballeros descargando pesadas espadas sobre el yelmo y la loriga del adversario, o en la mêlée que se produce cuando dos ejércitos chocan uno contra otro? Y es que no hay nada como la propaganda, pues eso y no otra cosa es la importancia que le dieron los cronistas a las batallas medievales: por ejemplo, apenas unos años después de Las Navas de Tolosa se hablaba de las milagrosas señales y ayudas celestiales que llevaron a los cristianos a la victoria sobre los moros. Otro tanto sucede con Agincourt, descrita como el parangón de la heroicidad (recordemos ese "modesto" repaso final a las bajas: ¡unos diez mil franceses caídos frente a cuatro barones y veinticinco caballeros ingleses) y Georges Duby tampoco se queda corto con su, por lo demás, apasionante narración del Dimanche de Bouvines, el día en que Felipe Augusto derrotó a una alianza liderada por Otón IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Y sin embargo, la ironía radica en que era tan raro el enfrentamiento abierto que cuando se producía, los cronistas y escribas de la corte se apresuraban a registrarlo -pues tiene poca gloria y menos resplandor la pequeña historia de las cabalgadas, las razzias, los pillajes y demás técnicas habituales de erosión del enemigo- y así nos ha llegado esa batalla medieval, tan romántica y, paradójicamente, tan fabulosa ya desde el primer día.

26.5.09

La tierra de Dios



¿Recordáis la historia de una portada? Pues esta es la segunda parte, o mejor dicho, la portada de la nueva novela. Prometí que la colgaría en cuanto tuviese el archivo, y aquí está. Me gusta especialmente el aire de familia que tiene con La dama y el león (podéis comparar con la cubierta de la columna derecha) pero al mismo tiempo, es original y promete una historia distinta y vibrante, como la ciudad medieval que sale en la imagen. El fondo blanco es limpio y potente, y facilita el impacto del título, en un color vino muy apropiado para una novela histórica. Las opiniones sobre las cubiertas siempre son subjetivas y no puede ser de otro modo, pero hay elementos descriptivos a los que hay que prestar atención: la buena lectura del título y el nombre del autor, la correcta utilización de la ilustración o fotografía, una selección acertada de la tipografía, y eso sólo por mencionar el abc del buen diseñador. Huelga deciros que a mi juicio esta portada reúne todas esas virtudes, y más. ¿Qué opináis vosotros? ¿Os detendríais en una librería, un lineal o una mesa de novedades al verla?

19.5.09

Mario Bendito

LIBROS

Quiero quedarme en medio de los libros
vibrar con Roque Dalton con
Vallejo y Quiroga
ser una de sus páginas
la más inolvidable
y desde allí juzgar al pobre mundo
no pretendo que nadie me encuaderne
quiero pensar en rústica
con las pupilas verdes de la memoria franca
en el breviario de la noche en vilo
mi abecedario de los sentimientos
sabe posarse en mis queridos nombres
me siento cómodo entre tantas hojas
con adverbios que son revelaciones
sílabas que me piden un socorro
adjetivos que parecen juguetes
quiero quedarme en medio de los libros
en ellos he aprendido a dar mis pasos
a convivir con mañas y soplidos vitales
a comprender lo que crearon otros
y a ser por fin este poco que soy

11.5.09

Finales y principios



Después de días encadenada al escritorio y a mi MacBook, puedo prometer y prometo que he entregado los últimos capítulos de La tierra de Dios a mi editora. Ése es el título de la próxima aventura de Aalis de Sainte-Noire, que como anticipé en una entrada anterior, transcurre en la España del siglo XII, con las tres culturas y los enfrentamientos entre moros y cristianos como trasfondo.

Los finales producen una sensación extraña: a veces lo son pero no te das cuenta hasta más tarde, y otras desearías que llegasen pronto y en cambio se hacen de rogar como si supieran que cuando lleguen, la suerte estará echada. Me hace sonreír la dulce ironía de que al poner yo punto y final a La tierra de Dios, la novela empieza de nuevo: se abre a una segunda vida, la que tendrá entre los lectores que quieran leerlo, dentro de un mes. Se pone a la venta el 15 de junio, de modo que si os apetece averiguar qué sucedió después de La dama y el león, los personajes os estarán esperando agazapados en las páginas de la nueva novela, en librerías y sitios de guardar, a partir de esa fecha.

Así que hay principios felices por los que vale la pena seguir escribiendo, leyendo y compartiendo cosas con los amigos: son los que van disfrazados de final. Por esos principios, y con muchas ganas de os guste la novela que he escrito, brindo por las mujeres (y los hombres) que derrochan simpatía. Salud.

29.4.09

Diez novelas históricas para una isla desierta y cinco días de vacaciones (II)



El diablo carga las listas y las categorías: basta mencionar de corrido cuatro nombres y cinco elogios para que las dudas me corroan. ¿Cómo pude dejar para segundas partes a Adriano o ni siquiera mentar las gloriosas aventuras de Verne? Ya dije que en el desvarío está la alegría, o al menos así me consuelo. Para seguir con lo prometido, ahí van cinco estrellas más en mi constelación literario-histórica.

Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas. O también El conde de Montecristo, El vizconde de Bragelonne, y Veinte años después. No importa porqué puerta se entra en el club Dumas que Arturo Pérez-Reverte noveló, el lector acabará encerrado y tirará la llave para quedarse en su universo de espadachines valientes, cardenales maquiavélicos y conspiraciones contra el honor de las reinas o traiciones amargas que siempre saben encontrar el equilibrio entre la venganza y la justicia. Una buena compañía para días de lluvia y dudas.

El puente de Alcántara, de Frank Baer. O de cómo los foráneos saben hacer virguerías de documentación que aún nos dejan boquiabiertos a los lugareños. La España del siglo XI despliega sus alas de barro y de sangre: la Reconquista, pedrusco a pedrusco, a pie de alquería, con sus mercenarios y sin banderas ni lealtades otras que oro y tierras. Un capitán y su escudero; un judío y un árabe son las tres vidas cruzadas que tejen el pasado de las tres culturas que Baer describe con minuciosidad pero sin perder el nervio narrativo. El listón está muy alto para las novelas sobre la España medieval.

El salón dorado, de José Luis Corral. De esta novela, situada en la misma época histórica que la anterior, me gustó el hecho de que el protagonista procediera del Este. Muchos eslavos fueron capturados y llevados a tierras lejanas dónde se convertían en mercancías y sirvientes de otros: la veracidad histórica se convierte en rasgo de originalidad de una narración que, por lo demás, viaja desde Kiev hasta Zaragoza pasando por Constantinopla con la esperada solvencia de un historiador.

Guerra y paz, de León Tolstoi (permitidme la grafía de cuando lo leí por primera vez). Lo sé, lo sé. Ni con la mejor voluntad encaja el barbudo ruso en este listado de aventuras, carreras a caballo, conjuras y espadas. Pero es que aparte de ser un fresco sobre el ser humano, un estudio de las pasiones y miserias de la nobleza rusa durante la guerra contra Napoleón, de ofrecer al lector un tratado de estrategia (o contra-estrategia) militar y retratar la grandeza de un país con inmensas posibilidades e ínfima suerte, Guerra y paz es una novela y es histórica. Y además, para los que habéis leído otras entradas, sabréis que basta una adaptación fílmica medianamente lograda para robarme el corazón. ¿Y hay alguien que se atreva a negarme que sólo hubo y habrá una Natasha, aunque en otras vidas se llamase Holly Golightly?

El pirata, de Walter Scott. Del abogado escocés no se podría (ni quiero) esperar menos que el ABC del género: mujeres apasionadamente enamoradas de piratas byronianos, combates en alta mar, personajes siniestros y una trama de secretos que hunde sus raíces en islas tenebrosas. Quizá es una pieza de museo, pero cuando deseo fundirme con una tempestad, desaparecer entre árboles de un bosque espectral o anegarme en nostalgia y honor, miro a la estantería dónde Sir Walter me saluda con una burlona reverencia de escritor desatado, jurándome lealtad eterna. ¿Qué queréis que haga? Alargo la mano y acepto su invitación.


26.4.09

Diez novelas históricas para una isla desierta y cinco días de vacaciones (I)



Hace varios días prometía una lista de novelas históricas favoritas y el motivo de la tardanza en cumplir lo dicho es que elegir es una agonía: la vida no está hecha de cinco pedazos, ni tres finalistas, ni un puñado de escogidos. Es más bien un remolino confuso y desorganizado de letras, números y vísceras. Todas las lecturas que llevo a cuestas (las que me han gustado y las que no) se pelean por un lugar en el podio y el anti-podio, y así estamos: que os prometo diez títulos pero sólo en aras del manoseado imperativo categórico. De momento, allá van cinco. (Pero como me pierden las travesuras, me temo que en futuras entradas iré desviándome del camino marcado).

Barro y cenizas y Las ciudades carnales, de Zoé Oldenbourg. Leí la primera después de imaginar la historia de Aalis de Sainte-Noire, y me llevé una buena sorpresa al ver que la protagonista de la novela de Oldenbourg se llamaba Aalais y que también transcurría en la Champaña francesa. La verdad es que el norte de Francia en el siglo XII fue un territorio de apasionantes intrigas y por ende múltiples posibilidades narrativas. Teniendo en cuenta que el nombre de mi personaje salió de un censo de población real, no sé de qué me extrañaba: junto con Maria y Ermessenda, fue uno de los nombres más populares del siglo. Las ciudades carnales trata de la herejía cátara, y la recomiendo fervientemente. Oldenbourg posee la capacidad de convertir a sus personajes en seres humanos de carne y hueso, que se mueven por pasiones y ambiciones de lo más creíbles.

La judía de Toledo, de Lion Feuchtwanger. Un clásico de 1954 que sigue siendo una interpretación válida de lo que pudo haber sucedido entre Alfonso VIII, rey de Castilla, y la supuesta judía, la hermosa Raquel, que le hizo perder la cabeza y casi, casi, la corona. Quizá la narración no sea fiel a la verdad histórica, ¡pero qué bien contada está! También es una veraz estampa del rechazo que despertaban los judíos entre la nobleza castellana, que veía con muy malos ojos cómo dinero y poder fluían de sus manos a las de los recién llegados, que contaban con la protección del rey.

El viaje de la reina, de Ángeles de Irisarri. La gran dama de la novela histórica española ofrece una prodigiosa recreación del viaje de la reina Toda de Navarra desde Pamplona a Córdoba. Prodigiosa porque gracias a su dominio de las fuentes históricas, la autora convierte a Toda de un renglón en los pergaminos a una mujer valiente, emprendedora, temerosa de Dios y decidida a salir adelante para salvar la salud de su nieto Sancho. Con un original punto de comicidad cuando retrata el choque cultural entre moros y cristianos, es una deliciosa lectura.

Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, de Jesús Maeso de la Torre. Ambientada en el siglo IX, la recreación del personaje histórico de Al-Gazal conduce al lector de Bizancio a Sevilla y hasta Escandinavia, desde sus viajes como negociador secreto en nombre de Abderramán II hasta su expulsión del emirato de Córdoba. Es una fascinante inmersión en el mundo de Al-Andalus.

Los hijos del Grial, de Peter Berling. ¿Por dónde empezar? Los libros que componen esta saga son densos, ricos y exigentes, de esos que además de la isla desierta hacen falta un par de semanitas a tiempo completo para leer, digerir y disfrutar. Están todos los sospechosos habituales: templarios, conspiraciones, griales, herejías, protagonistas que superan grandes infortunios, reyes, obispos, Iglesia y batallas por la fe. En fin, Berling es uno de los responsables, en mi opinión, de la revitalización de la novela histórica junto con El nombre de la rosa, en cuya adaptación fílmica participó como actor. Tuve la suerte de coincidir con él en la Semana Negra de Gijón, dónde contaba a un público totalmente entregado que un día se sentó a escribir y empezó a fluir el argumento de su primera novela. ¡Pura genialidad!