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24.11.09

Historia de las historias


Puesto que cruzado el meridiano de los cuarenta la vida nos exige un catálogo completo de manías, rarezas y adulteces, en tanto que alumna aventajada que soy, tengo ya una costumbre negociada conmigo misma y las letras -y por lo demás nada original- que consiste en alternar la lectura de una novela con la de un ensayo. Y para aderezar el Quijote y su bálsamo de Fierabrás, he optado por Historia de las historias, de John Burrow, profesor en la Universidad de Sussex y en Oxford, fallecido el pasado 3 de noviembre.

Si en los maestros franceses de la Escuela de los Anales y en la historia de las mentalidades propugnada por Georges Duby y Jacques Le Goff una puede estar segura de transitar como una amante por sus páginas, siempre deslumbrada por el estallido de pasión verbal e historiográfica propia y esperable de la gala nación, en las filas de los historiadores anglosajones a los que perteneció John Burrow se respira la sólida protección y garantía de excelencia de los intelectuales del imperio, y es la mejor compañía para estos extraños inviernos.

Exentas de todo paternalismo, rebosantes de la erudición acumulada tras generaciones de colleges y dons, aunque sin un ápice de academicismo (Burrow apenas escribió para revistas profesionales), las páginas de Historia de las historias -su obra más divulgativa en el mejor sentido de la palabra- transmiten sabiduría y amor por la historia, y cobran vida nombres como Tucídides, Tivo Livio, Plutarco, Froissart o Villehardouin, Maquiavelo, Hume, Adams... No hay mejor preámbulo a la lectura de los clásicos que un sabio -llámese John Burrow, Italo Calvino o Giorgio Colli- se ofrezca a acompañarnos gentilmente durante un trecho del camino.

2.6.09

La Edad Media en guerra


La batalla medieval está tan arraigada en el imaginario colectivo que resultaría difícil, a estas alturas, convencernos de que el conflicto abierto y armado entre facciones enemigas era la excepción y no la regla: ¿quién no piensa en dos caballeros descargando pesadas espadas sobre el yelmo y la loriga del adversario, o en la mêlée que se produce cuando dos ejércitos chocan uno contra otro? Y es que no hay nada como la propaganda, pues eso y no otra cosa es la importancia que le dieron los cronistas a las batallas medievales: por ejemplo, apenas unos años después de Las Navas de Tolosa se hablaba de las milagrosas señales y ayudas celestiales que llevaron a los cristianos a la victoria sobre los moros. Otro tanto sucede con Agincourt, descrita como el parangón de la heroicidad (recordemos ese "modesto" repaso final a las bajas: ¡unos diez mil franceses caídos frente a cuatro barones y veinticinco caballeros ingleses) y Georges Duby tampoco se queda corto con su, por lo demás, apasionante narración del Dimanche de Bouvines, el día en que Felipe Augusto derrotó a una alianza liderada por Otón IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Y sin embargo, la ironía radica en que era tan raro el enfrentamiento abierto que cuando se producía, los cronistas y escribas de la corte se apresuraban a registrarlo -pues tiene poca gloria y menos resplandor la pequeña historia de las cabalgadas, las razzias, los pillajes y demás técnicas habituales de erosión del enemigo- y así nos ha llegado esa batalla medieval, tan romántica y, paradójicamente, tan fabulosa ya desde el primer día.