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17.10.09

La feria interminable



Con la maleta aún humeante -literal y figuradamente- de catálogos, libros y ropa, vuelvo a ser una mujer a un teclado pegada después del breve hiato que cada año representa la feria de Frankfurt para todo aquél que vive de, con o por el sector editorial. Y como cada año, también traigo en la maleta tantas dudas como certezas, respecto al libro electrónico, a la pervivencia de la buena (y no tan buena) literatura y a las formas del ensayo. Los editores extranjeros con quién he charlado, en frenéticas citas o más distendidamente después de la feria, se dividen a partes iguales entre quiénes le quitan importancia a la próxima llegada de artilugios varios y los que ven oportunidades de negocio interesantes pero no cataclísmicas. Ninguno, sin embargo, dictamina el fin del libro como a veces leemos en apocalípticos artículos sobre la llegada del Kindle. La ventaja de la futurología (o su desventaja, según cómo se mire) es que el futuro siempre llega, para poner a cada cual en su lugar.

La hornada de nuevas editoriales, tanto aquí como en el extranjero, que son la infusión de sangre nueva y energía que todo sector maduro necesita, es sana, necesaria y bienvenida. El fenómeno se multiplica y es positivo: aún queda quien cree que editar libros meritorios es además una forma de ganarse la vida dignamente. También constato, con no poco alivio, que algunos grandes editores de siempre están en buenísima forma, aunque también es cierto que los catálogos de otros que fueron grandes editores de siempre se han convertido en un extraño desfiles de productos contrahechos, fabricados y pergeñados para vehicular letras. Son libros porque así definimos a los contenidos escritos y encuadernados, pero por nada más.

Y en cuanto a lo bueno y a lo malo de la feria: que los editores (aún) no somos máquinas ni replicantes, y que este mundo frágil hecho de letras y de codicia sigue en manos (¡por Tutatis!) de personas a quién mirar a los ojos, con quién desternillarse de risa, pelearse con saña, llorar a moco tendido y -en Frankfurt, sobre todo- brindar por lo que fue y por lo que será.

14.6.09

Feria del Libro de Madrid

Breve anécdota que me contaban de la (desternillante, como todas las ferias) Feria del Libro de Madrid: una señora se para frente a una caseta, con dos críos de la mano, un cochecito empujándose por arte de birlibirloque, llevando las bolsas y el bolso, y repite en voz alta, leyendo el título de un libro expuesto en la parada:

- "1001 libros que hay que leer antes de morir".

Reflexiona un instante, antes de soltar con un tono que navega entre la añoranza y el choteo:

- ¡Pues habrá que darse prisa!

Y sigue avanzando, empujando a churumbeles, carrito, bolsas y cabaña varia.

Lo cual me lleva a la sabia y resabiada conclusión de sin (buen) humor no hay lecturas, ni ventas, que valgan. Así que echémonos unas risas, por lo que pudo haber sido y nunca fue, y por lo que será que no sabemos, que sin duda es mucho.

16.4.09

A la rica feria


Con la vista puesta en la página 325 de mi manuscrito, le robo unos minutos a la corrección del texto para hablaros de las ferias editoriales. Desde que Cataluña fuera en 2007 la cultura invitada en Frankfurt, una gran parte del público lector está más informado acerca de lo que sucede durante una feria internacional del libro. De modo que disculpas anticipadas si esta entrada es ociosa, pero puesto que me dispongo a hacer las maletas y viajar a Londres para participar, en mi faceta de editora, en la LIBF (que son las siglas de London International Book Fair), y este blog también se propone hablar del mundo del libro, pues ahí va.

Una feria del libro es un mercado, dónde se compran y venden libros y autores (o dicho de otra forma, el derecho a publicarlos). Por eso cuando se oferta una cantidad de dinero por publicar un libro, se habla de la compra de los derechos de autor de ese título. Y como todas las plazas dónde hay compraventa, pues uno encuentra de todo: filete de primera, salchichas, albóndigas, carne para rebozar, bistec, lomo e incluso casquería. Y ahí están los editores, arrapiñados en mesitas redondas dónde apenas caben dos personas y a duras penas cuatro, escuchando al que vende mientras cuenta lo fantástico que es tal libro o cual autora. Tampoco es difícil vislumbrar a un editor, explicándole a un agente literario lo fantástico que es el catálogo de su editorial. Periodistas culturales, diseñadores, agentes, editores... Hay de todo en una feria, que es como una obra de Shakespeare: con sus idas y venidas, batallas dialécticas, combates soterrados, odio y pasión, amor y lealtad, mentiras y verdades.

Metidos en un frenético un speed-dating de libros, en apenas veinte minutos o media hora, todos luchan por comunicar un mensaje esencial: cómpramelo, véndemelo, créeme, enamórate de mí y de mis representados o de mí y de mi catálogo. De vez en cuando, los autores se atreven a poner un tierno pie en la rugosa moqueta de la feria y entonan el más inocente de los cantos: enamórate de mí. A secas, sin más. Las ferias no son un buen sitio para los autores, como el sol no es bueno para los vampiros: la luz y el brillo que rebota sobre las cubiertas de los libros de los otros les destroza tan certeramente como un amanecer desintegrador.

Pero no temáis por mi. En este mundo hay que disfrutar de las mil caras que todos tenemos: en mi caso, cuando piso una feria me olvido completamente de que escribo, y sólo pienso en coger número en las mejores carnicerías de la feria, como buena editora. Por eso aprovecho ahora que aún pienso en clave de autor, para mandaros un beso durante estos días de retiro profesional. A mi regreso os prometo contaros bondades y maldades de la feria, ¡y volver a ser autora!