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8.4.09

Cinco películas históricas para no olvidar (I)



Ahora que llega Semana Santa, y con su promesa de días festivos todos hacemos nuestras listas de pendientes (ya sean muebles que comprar, arreglos domésticos, armarios que piden a gritos una mano de orden y otra de Pronto, lecturas atrasadas o amigos por ver), os dejo una lista de mis adaptaciones históricas favoritas. Pueden acompañar a los que opten por no ver Ben-Hur o Los diez mandamientos por quincuagésima vez. El orden es aleatorio: lo que importa es que son películas con derecho a hueco en mi agenda anual.

Lawrence de Arabia: Jamás, jamás brillaron tan azules los ojos de Peter O'Toole cuando encarnó al teniente británico T.E.Lawrence, desgarrado por su quijotesco periplo conquistador, de Aqaba a Damasco. Un retrato que aún hoy aporta pistas sobre la historia de Oriente Medio, y un héroe romántico en el sentido más aventurero de la palabra. La visión fílmica de David Lean del desierto y sus espejismos, la música de Maurice Jarre y la producción avispada de Sam Spiegel, contribuyen a crear un festival de épica, de valor y de traición que merece un visionado de larga duración. De esos con manta y teléfono desconectado.

Senderos de gloria: Tres años antes de ser Espartaco, Kirk Douglas encarnó al coronel Dax, en un episodio basada en hechos reales durante la Primera Guerra Mundial. El general Mireau, del ejército francés, ordena una estrategia suicida contra los alemanes; durante la contienda, algunos soldados se niegan a obedecer esas órdenes, que les conducirán a una muerte segura. Al término de la batalla, el general responsable somete a tres soldados a un consejo de guerra, como ejemplo para el resto de las tropas, en una maniobra para desviar la atención sobre su escasa habilidad militar. El coronel Dax emprende la defensa de los acusados, indignado por la hipocresía y la crueldad del alto mando.

Espartaco y Gladiator: Son dos películas, pero mejor las comento a la vez, porque Ridley Scott se inspiró (profundamente, que diría aquél) en el estilo y la historia de Espartaco para rodar Gladiator. En la primera, el director Stanley Kubrick contó con un reparto de lujo (Kirk Douglas, Jean Simmons, Laurence Olivier, Peter Ustinov, Charles Laughton o Tony Curtis) para describir la rebelión del esclavo Espartaco que puso en jaque el poder de Roma. A pesar de tomarse libertades con respecto a los hechos históricos, lo cierto es que esta película, entre otros peplums (como Quo Vadis o La caída del imperio romano), han construido la memoria fílmica de la Antigüedad para varias generaciones. En cuanto a Gladiator, ¿qué más se puede decir de la justificada arrogancia de Ridley Scott? Un día se levantó, y él solito se dedicó a resucitar un género que todos habían dado por muerto y enterrado. ¿Y qué si lo hizo con un australiano loco que después ganó el Oscar por su interpretación, rodando en Malta y Marruecos, sin guión terminado a la Casablanca (el de Bogart fue cortesía de los guionistas gemelos Epstein) y contando la historia del general Maximus Decimus Meridius como le dió la gana? Fue una resurrección genial, una pirueta sin red de la que sólo Sir Ridley era capaz de salir con bien.

Ivanhoe: Y si vamos a desempolvar el baúl de los recuerdos -en el próximo post me pondré más moderna, lo prometo- no puedo dejar de mencionar a mi querido y acartonado Robert Taylor, y con él abrir la puerta a todo un género. ¡Ay, que dilema el suyo entre Lady Rowena (Joan Fontaine) y la judía Rebeca (Elizabeth Taylor)! La época de Ricardo Corazón de León siempre ha dado mucho juego en las adaptaciones fílmicas (Errol Flynn también se paseó por Sherwood), y espero con gran ilusión Nottingham, que el viejo zorro Ridley está rodando en Inglaterra en estos momentos, para dejarme sorprender una vez más por espadas, arcos y flechas y malvados recaudadores de impuestos. En Ivanhoe, como en Las aventuras de Quentin Durward, los colores son Pantone tinta directa, las espadas chorrean papel de plata y los caballos están enjaezados que es un primor, pero la fiesta histórica está garantizada.


26.3.09

Hora bruja



Casi sin darnos cuenta el día ha jugado al escondite con nosotros. Ocho, diez, doce horas se han hecho arena. Pienso en eso al acordarme del golpe breve, insospechado que recibió Natasha Richardson mientras aprendía a esquiar, y que de un dolor de cabeza pasó a ser un trauma encefálico, un coma y finalmente la muerte. Deja un viudo, Liam Neeson, y dos hijos adolescentes. ¿Valen la pena los minutos agotados en actividades que no nos inyectan pura vida en las venas? Pienso en eso al leer que Vanessa Redgrave, madre de Natasha y también actriz, se unirá a las filas de la siguiente película de Ridley Scott, que se empieza a rodar en Londres este mes de marzo. ¿Será cierto? ¿Se puede pasar del duelo de una hija a la filmación de una fantasía medieval? Y termino pensando que quizá sí, que tal vez lo mejor para la que fue una dulce Ginebra de Camelot es perderse en los bosques de Sherwood, sumergirse en una ficción lo más alejada posible de la terrible realidad.

Y es que la acción de la película de Ridley Scott transcurre también en ese siglo XII del que hablaba ayer, aunque no es Córdoba ni Toledo el escenario de su trama, sino la relectura de la leyenda de Robin Hood, cuando en Inglaterra reinaba Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León era prisionero de Leopoldo de Austria. ¿Podrá el viejo zorro de Blade Runner, Los duelistas, Alien y Gladiator darle la vuelta de tuerca al mito?

¿Después de Errol Flynn, de Kevin Costner y del olvidado Patrick Bergin; de Claude Rains, Basil Rathbone y el inolvidable Alan Rickman, incluso con la tinta fresca de una adaptación televisiva de la BBC, se puede redescubrir a Robin de Locksley? Me da la sensación de que después de probar suerte con la reinvención del género medieval en El reino de los cielos, ambiciosa pero fallida en muchos aspectos, a Sir Ridley le toca sacarse la espinita y hacer suya de una vez por todas la Edad Media, como lo hizo con la Roma antigua o con el futuro lluvioso con androides que sueñan con ovejas eléctricas. Rutger Hauer jamás volvió a estremecernos tanto como cuando murmuró: "Es hora de morir". Pienso en los memento mori del Renacimiento. Pero, ¿es posible que necesitemos recordar que somos mortales?