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11.8.09

El tiempo medieval



En la Edad Media, sólo las campanas marcaban el paso de las horas (hasta la llegada de los relojes mecánicos o de péndulo). El tiempo medieval era pues un tiempo que seguía el ritmo de los rituales y la liturgia religiosa (primero en las iglesias y parroquias y después, ya entrado el siglo XII, también en los monasterios) y desgranaba las horas de la misa: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas, como nos recuerda Jacques Le Goff en su artículo El Occidente medieval y el tiempo. Pienso en eso al escuchar el sonido de unas campanas casi anacrónicas en nuestro tiempo de relojes digitales, de precisión, sumergibles y calculadores.

Para pasar ese tiempo sin horarios, los hombres y las mujeres medievales se guiaban por los libros de horas, el más conocido de los cuales es del Duque de Berry. Como una novela gráfica, los campesinos y señores desfilan mes a mes, contándonos sus actividades: en la ilustración de arriba, descubrimos que en agosto los señores se dedican a la caza, y que el calor aprieta tanto en la Edad Media como ahora (con permiso del cambio climático): al fondo, unas figuras se zambullen gozosas en un lago de agua fresca.

5.7.09

La escuela de traductores de Toledo



La ignorancia del historiador es la fortuna del novelista: puesto que (desgraciadamente) tanto desconocemos del pasado, en una tarea de imaginación como es la narrativa es lícito (afortunadamente) rellenar los huecos de la historiografía con los trazos, más cómodos y felices, de la ilusión. Es el caso de la escuela de traductores de Toledo: el debate sigue hoy vivo sobre si se puede considerar dicha escuela propiamente fundada en el siglo XII, o si cabe esperar a la llegada de Alfonso X El Sabio para bautizarla como tal escuela. Un matiz tal vez sin importancia para el público general, pero un interrogante esencial para la organización de la cultura y la transmisión del saber en la España del siglo XII.

Por mi parte, los lectores que ya se han sumergido en "La tierra de Dios" han podido comprobar que he optado por el prudente término medio: he imaginado un espacio, propiedad del arzobispado de Toledo, dónde Gerardo de Cremona y Domingo Gonzálvez encabezan un pequeño ejército de sabios y traductores afanosamente dedicados a volcar el saber de una lengua a otra. Si son o no una escuela, esa es tarea de historiadores desentrañarlo; como escritora, me he limitado (y he gozado) a recrearlos rodeados de manuscritos, artilugios y curiosidad.

Pienso en Toledo porque mañana me esperan sus calles, y tengo ganas de verlas de nuevo. Hay ciudades cuya magia resuena desde el pasado, y la ciudad de Santa María la Blanca es una de ellas.

11.5.09

Finales y principios



Después de días encadenada al escritorio y a mi MacBook, puedo prometer y prometo que he entregado los últimos capítulos de La tierra de Dios a mi editora. Ése es el título de la próxima aventura de Aalis de Sainte-Noire, que como anticipé en una entrada anterior, transcurre en la España del siglo XII, con las tres culturas y los enfrentamientos entre moros y cristianos como trasfondo.

Los finales producen una sensación extraña: a veces lo son pero no te das cuenta hasta más tarde, y otras desearías que llegasen pronto y en cambio se hacen de rogar como si supieran que cuando lleguen, la suerte estará echada. Me hace sonreír la dulce ironía de que al poner yo punto y final a La tierra de Dios, la novela empieza de nuevo: se abre a una segunda vida, la que tendrá entre los lectores que quieran leerlo, dentro de un mes. Se pone a la venta el 15 de junio, de modo que si os apetece averiguar qué sucedió después de La dama y el león, los personajes os estarán esperando agazapados en las páginas de la nueva novela, en librerías y sitios de guardar, a partir de esa fecha.

Así que hay principios felices por los que vale la pena seguir escribiendo, leyendo y compartiendo cosas con los amigos: son los que van disfrazados de final. Por esos principios, y con muchas ganas de os guste la novela que he escrito, brindo por las mujeres (y los hombres) que derrochan simpatía. Salud.

26.4.09

Diez novelas históricas para una isla desierta y cinco días de vacaciones (I)



Hace varios días prometía una lista de novelas históricas favoritas y el motivo de la tardanza en cumplir lo dicho es que elegir es una agonía: la vida no está hecha de cinco pedazos, ni tres finalistas, ni un puñado de escogidos. Es más bien un remolino confuso y desorganizado de letras, números y vísceras. Todas las lecturas que llevo a cuestas (las que me han gustado y las que no) se pelean por un lugar en el podio y el anti-podio, y así estamos: que os prometo diez títulos pero sólo en aras del manoseado imperativo categórico. De momento, allá van cinco. (Pero como me pierden las travesuras, me temo que en futuras entradas iré desviándome del camino marcado).

Barro y cenizas y Las ciudades carnales, de Zoé Oldenbourg. Leí la primera después de imaginar la historia de Aalis de Sainte-Noire, y me llevé una buena sorpresa al ver que la protagonista de la novela de Oldenbourg se llamaba Aalais y que también transcurría en la Champaña francesa. La verdad es que el norte de Francia en el siglo XII fue un territorio de apasionantes intrigas y por ende múltiples posibilidades narrativas. Teniendo en cuenta que el nombre de mi personaje salió de un censo de población real, no sé de qué me extrañaba: junto con Maria y Ermessenda, fue uno de los nombres más populares del siglo. Las ciudades carnales trata de la herejía cátara, y la recomiendo fervientemente. Oldenbourg posee la capacidad de convertir a sus personajes en seres humanos de carne y hueso, que se mueven por pasiones y ambiciones de lo más creíbles.

La judía de Toledo, de Lion Feuchtwanger. Un clásico de 1954 que sigue siendo una interpretación válida de lo que pudo haber sucedido entre Alfonso VIII, rey de Castilla, y la supuesta judía, la hermosa Raquel, que le hizo perder la cabeza y casi, casi, la corona. Quizá la narración no sea fiel a la verdad histórica, ¡pero qué bien contada está! También es una veraz estampa del rechazo que despertaban los judíos entre la nobleza castellana, que veía con muy malos ojos cómo dinero y poder fluían de sus manos a las de los recién llegados, que contaban con la protección del rey.

El viaje de la reina, de Ángeles de Irisarri. La gran dama de la novela histórica española ofrece una prodigiosa recreación del viaje de la reina Toda de Navarra desde Pamplona a Córdoba. Prodigiosa porque gracias a su dominio de las fuentes históricas, la autora convierte a Toda de un renglón en los pergaminos a una mujer valiente, emprendedora, temerosa de Dios y decidida a salir adelante para salvar la salud de su nieto Sancho. Con un original punto de comicidad cuando retrata el choque cultural entre moros y cristianos, es una deliciosa lectura.

Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, de Jesús Maeso de la Torre. Ambientada en el siglo IX, la recreación del personaje histórico de Al-Gazal conduce al lector de Bizancio a Sevilla y hasta Escandinavia, desde sus viajes como negociador secreto en nombre de Abderramán II hasta su expulsión del emirato de Córdoba. Es una fascinante inmersión en el mundo de Al-Andalus.

Los hijos del Grial, de Peter Berling. ¿Por dónde empezar? Los libros que componen esta saga son densos, ricos y exigentes, de esos que además de la isla desierta hacen falta un par de semanitas a tiempo completo para leer, digerir y disfrutar. Están todos los sospechosos habituales: templarios, conspiraciones, griales, herejías, protagonistas que superan grandes infortunios, reyes, obispos, Iglesia y batallas por la fe. En fin, Berling es uno de los responsables, en mi opinión, de la revitalización de la novela histórica junto con El nombre de la rosa, en cuya adaptación fílmica participó como actor. Tuve la suerte de coincidir con él en la Semana Negra de Gijón, dónde contaba a un público totalmente entregado que un día se sentó a escribir y empezó a fluir el argumento de su primera novela. ¡Pura genialidad!

10.4.09

Cinco películas históricas para no olvidar (II)


Después de la pausa del Jueves Santo, y de mucho reflexionar acerca de las siguientes cinco mejores películas históricas que complementan la lista anterior, he aquí el resultado: soy incapaz de escoger y por lo tanto haré un poco de trampa, como ya hice en la entrada de Gladiator y Espartaco; esto es, emparejar algunos títulos y encomendarme al santo patrón de los indecisos. Así que allá vamos.

El león en invierno y El nombre de la rosa. En la primera, un duelo cruel y tierno entre Leonor de Aquitania (Katherine Hepburn) y el rey Enrique II Plantagenet (Peter O'Toole) con sus hijos Ricardo Corazón de León, Geoffrey y Juan sin Tierra como testigos. La familia disfuncional moderna, en un siglo XII veraz y duro, bestial y cercano, con relaciones distorsionadas por la ambición, la mentira y el poder. Cuando la revisioné hace unos meses, la velocidad de sus diálogos y la crudeza de las situaciones retratadas me recordaron al acero del guionista Aaron Sorkin. Más que una película: puro viaje en el tiempo. En cuanto a la adaptación fílmica de la novela de Umberto Eco, ¿qué decir? Sean Connery en su papel de Guillermo de Baskerville fue el perfecto detective medieval, luchando por desentrañar la verdad de los asesinatos en una abadía, contra una red de intereses y manipulaciones que retrataba a la perfección el enfrentamiento entre la Iglesia y las órdenes mendicantes. La nieve y la sangre rezumaban verdad, y todos nos quedamos con ganas de leer el libro de la risa de Aristóteles.

Los Tudor y Elizabeth. A regañadientes, lo confieso, incluyo estos dos títulos. La serie de los Tudor aún va por su tercera temporada y retrata el largo proceso que llevó a Enrique VIII a abandonar la Iglesia católica para casarse con Ana Bolena. Parece un tema manido pero el enfoque es original y potente: Jonathan Rhys Meyers encarna a un monarca más cercano a una estrella de rock que a la figura regordeta que pintó Holbein. En cuanto a las películas sobre la reina Isabel I interpretadas por Cate Blanchett, ya os podéis imaginar el triste papel que le toca a España y su Armada Invencible. Pero es que ambas son obras de factura irreprochable, nuevas formas de abordar las grandes figuras de la historia inglesa, con intérpretes sólidos, y cuya producción derrocha el habitual cuidado británico: la madera cruje, la piedra es de la buena, el vestuario es impecable y lujoso, y no hay caballo que no piafe como debe. Mis reparos no son por el producto final, al contrario: es que me pregunto qué empujón le hace falta a nuestra industria televisiva para imitar el ejemplo. Porque la verdad, desde la fallida intentona de Alatriste, con Águila Roja no hay ni para empezar...

Master and Commander. Una adaptación libérrima de las novelas del maestro Patrick O'Brian, con las aventuras navales del HMS Surprise y de su capitán Jack Aubrey (Russell Crowe) y el médico Stephen Maturin (Paul Bettany), en este caso contra el Acheron, un barco francés casi fantasmal al que persiguen por todo el hemisferio sur (con escenas rodadas en las mismísimas Islas Galápagos). Peter Weir, el director, supo recrear con minuciosidad forense la vida de ciento y pico marineros encerrados en una cáscara de madera en medio del océano, y claro, el desfile temático era un festín para el espectador: amistad, lealtad, miedo, superstición, valor, cobardía, tormentas, orgullo y cañones por banda a toda vela. Vale la pena repasar las novelas antes de zambullirse en este visionado.

Band of Brothers.
Como atestigua esta página, soy más aficionada a la historia medieval que a la contemporánea; todo lo más, llego hasta el siglo corto de Eric Hobsbawm. Pero la adaptación en formato miniserie de un libro de no ficción del historiador Stephen Ambrose, que empecé a ver desganada, empujada por la insistencia de uno de mis prescriptores favoritos, terminó por engancharme (que suele entrañar hacerme reír y llorar) a las peripecias de la Easy Company de la 101st Airborne Division durante la Segunda Guerra Mundial. Como Salvar al soldado Ryan, pero con Tom Hanks de productor, en lugar de actuando. El personaje central alrededor del cual pivotan las historias de los soldados fue interpretado por Damian Lewis, pelirrojo de ojos azules que ahora está atareado vengándose en Life del misterioso enemigo que le metió en chirona, falsamente acusado.

El día más largo. Esta película es más bien simbólica del género bélico sobre la Segunda Guerra Mundial que Hollywood bordó con su maquinaria implacable. Podrían estar en su lugar Un puente muy lejano, Objetivo Birmania, El puente sobre el río Kwai, Tora, tora, tora o si sóis aficionados a los tesoros perdidos, el documental que filmó John Ford en la misma playa de Omaha durante el desembarco, siguiendo a los soldados. Pero es que en El día más largo están todos: John Wayne, Henry Fonda, Robert Mitchum, Sean Connery, Richard Burton, Rod Steiger, Peter Lawford y Gert Frobe, que siempre hacía de alemán o de malo, lo cual era muy apropiado dado que había pertenecido al partido Nazi. (Aunque más tarde algunas familias judías afirmaron que gracias a él habían podido escapar de Alemania). También al pobre Conrad Veidt le tocó encarnar el malvado mayor Strasser en Casablanca, él que sí había sido un ferviente anti-nazi y que se hizo ciudadano británico porque su esposa era judía. Pero enfin, me despisto: la cuestión es que esta película es una buena forma de recordar el desembarco de Normandía y una época en la que las naciones del mundo, contra viento, prejuicios y marea, se aliaron contra un enemigo común.

4.4.09

Barcelona medieval




Si en anteriores entradas hablé del pasado medieval de Córdoba, hoy le toca a Barcelona: también entre sus calles se respira la huella de un tiempo añejo. Cualquiera que haya pisado los adoquines del Barri Gòtic o admirado el conjunto de Santa Maria del Mar, que tan famosa se ha hecho por causa literaria, sabe que Barcelona es un tesoro de historias por descubrir. Con cierta regularidad visito la calle del Bisbe, y aunque llego con mis prisas y mis inquietudes, el empedrado tranquilo por los siglos que ha vivido me recuerda que con tiempo y con paciencia se ganan las batallas más arduas.

Aalis de Sainte-Noire también pisará esas calles en su próxima aventura y por ello he cambiado, momentáneamente, la lectura de Chrétien de Troyes por las cuatro grandes crónicas catalanas, como se conocen las obras de Jaume I, Bernat Desclot, Ramon Muntaner iyPere el Cerimoniós, y que constituyen un rico patrimonio documental sobre la historia de Catalunya. (Un material historiográfico notable, junto con el del Archivo de la Corona de Aragón). Aunque cronológicamente la segunda novela transcurre durante el último cuarto del siglo XII y las crónicas son posteriores, no hay como sumergirse en las fuentes originales para conocer de primera mano los detalles que, más tarde, darán vida y pinceladas de verosimilitud a la ciudad de Barcelona que recrearé en mis páginas. ¡Deseadme suerte!


29.3.09

Mujeres de agua


Cuando Jean Auguste Dominique Ingres pintó en 1814 este cuadro, titulado La Grande Odalisque, todo Paris se escandalizó y le llovieron los reproches de la Academia: las proporciones eran erróneas, aducían, y blandas las formas de la odalisca de harén que el pintor había retratado por encargo de la hermana de Napoleón, Carolina. Antoine Galland había publicado casi un siglo antes su traducción de Las mil y una noches, y Montesquieu no le había ido a la zaga con sus Cartas persas que narraban las aventuras de Usbek y la correspondencia que mantiene con sus cinco mujeres y sus concubinas. El propio Napoleón regresaba de una larga campaña en Egipto. En suma, Francia seguía la moda persa, la fiebre orientalizante todo lo teñía y las mujeres árabes eran vistas por ojos de pintores franceses como lánguidas flores de carne y terciopelo.

Y sin embargo, qué distinta la realidad que surge mientras me documento sobre el harén de los califas, los baños turcos y los hammam, dónde según la imaginación desatada de los caballeros del siglo XIX, pasan el día las desnudas Scherezade del siglo XII. La verdad era que los baños públicos, fuentes de higiene y de salud, abundaban en Córdoba (más de trescientos dicen las fuentes) con días alternados para hombres y mujeres; solían contar cinco salas, incluyendo un vestuario, la sala fría, la sala de baños tibios, el recinto de agua caliente, y otras dependencias para el funcionamiento del complejo. Las mujeres convergían en los receptáculos para el baño, unidas bajo un techo de lucernarias en forma de estrella, que preservaría la intimidad y convertiría el espacio de aguas en un entorno protegido y reconfortante, como si de un cálido abrazo se tratara. Allí jóvenes y mayores, vírgenes y matronas seguramente aprendían mutuamente de sus cuerpos respectivos: unas miraban el futuro de su piel en las carnes de las otras, y las mayores recordarían edades más lozanas e inocentes al observar a sus hijas y nietas gozando de los beneficios del agua y del vapor.

Leo sobre los hammam porque uno de los pasajes de la nueva novela que estoy escribiendo transcurre en uno, el baño califal situado dentro del Al-Qasr: allí, la protagonista Aalis de Sainte-Noire, cristiana y por ende ajena a una cultura dónde los cuerpos femeninos conviven sin falsos pudores, se ve confrontada a esa sensualidad independiente -que pudiera parecer paradójica en el mundo musulmán, pero que no lo es en absoluto- y aprende a ser un poco más libre. Ahora que llega esa esperada primavera, y después el verano, cuando dejaremos atrás los pesados abrigos y chaquetas del invierno, y las siluetas saldrán a la luz del sol, sería bueno recordar la estampa de un grupo de mujeres, de distintas vidas recorridas, compartiendo aire y agua sin preocuparse de la forma de sus cuerpos. ¿O es que la Gran Odalisca se avergüenza de mirar al observador, mientras le ofrece todas las imperfecciones de su gloriosa piel?

26.3.09

Hora bruja



Casi sin darnos cuenta el día ha jugado al escondite con nosotros. Ocho, diez, doce horas se han hecho arena. Pienso en eso al acordarme del golpe breve, insospechado que recibió Natasha Richardson mientras aprendía a esquiar, y que de un dolor de cabeza pasó a ser un trauma encefálico, un coma y finalmente la muerte. Deja un viudo, Liam Neeson, y dos hijos adolescentes. ¿Valen la pena los minutos agotados en actividades que no nos inyectan pura vida en las venas? Pienso en eso al leer que Vanessa Redgrave, madre de Natasha y también actriz, se unirá a las filas de la siguiente película de Ridley Scott, que se empieza a rodar en Londres este mes de marzo. ¿Será cierto? ¿Se puede pasar del duelo de una hija a la filmación de una fantasía medieval? Y termino pensando que quizá sí, que tal vez lo mejor para la que fue una dulce Ginebra de Camelot es perderse en los bosques de Sherwood, sumergirse en una ficción lo más alejada posible de la terrible realidad.

Y es que la acción de la película de Ridley Scott transcurre también en ese siglo XII del que hablaba ayer, aunque no es Córdoba ni Toledo el escenario de su trama, sino la relectura de la leyenda de Robin Hood, cuando en Inglaterra reinaba Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León era prisionero de Leopoldo de Austria. ¿Podrá el viejo zorro de Blade Runner, Los duelistas, Alien y Gladiator darle la vuelta de tuerca al mito?

¿Después de Errol Flynn, de Kevin Costner y del olvidado Patrick Bergin; de Claude Rains, Basil Rathbone y el inolvidable Alan Rickman, incluso con la tinta fresca de una adaptación televisiva de la BBC, se puede redescubrir a Robin de Locksley? Me da la sensación de que después de probar suerte con la reinvención del género medieval en El reino de los cielos, ambiciosa pero fallida en muchos aspectos, a Sir Ridley le toca sacarse la espinita y hacer suya de una vez por todas la Edad Media, como lo hizo con la Roma antigua o con el futuro lluvioso con androides que sueñan con ovejas eléctricas. Rutger Hauer jamás volvió a estremecernos tanto como cuando murmuró: "Es hora de morir". Pienso en los memento mori del Renacimiento. Pero, ¿es posible que necesitemos recordar que somos mortales?

25.3.09

Dieciséis pergaminos


Se publica hoy la noticia de que se han recuperado 16 pergaminos del siglo XI robados de los Archivos de Huesca, algunos incluso firmados por reyes. Se aprecia en la fotografía que acompaña al artículo la letra apretada y estrecha de la época, el aprovechamiento de la preciada superficie del papel amarillento y me emociono como esa arqueóloga que al acariciar los huesos de la hermana de Cleopatra, soñaba que las carnes que habían vestido ese esqueleto quizá hubieran rozado a Julio César o Marco Antonio. (Digresión fílmica habitual: qué gran César fue Rex Harrison, muchos años después de haber enamorado a la hermosa señora Muir).

El siglo XI es un momento privilegiado en la Península Ibérica: contamos con abundante documentación de Al-Andalus y los reinos califales, que como toda gran maquinaria estatal suelen dejar abundantes regueros de burocracia, el barro dónde los historiadores hunden sus manos par darle forma al pasado. El califato de Córdoba, antes de desintegrarse en los reinos de taifas, creó un imperio cultural del que da buena cuenta Titus Burckhardt en su libro "La civilización hispanoárabe" (Alianza). Podéis leer la introducción aquí.

El resultado fue Qurtuba, una impresionante combinación de saber, arquitectura y poder. En Medina Azahara, la ciudad real hoy destruida, se decía que las fuentes eran de oro puro y los mármoles cubrían suelos y techos de la riquísima residencia del califa. Hay diversas recreaciones en 3D en youtube que valen mucho la pena.

Por su parte, la Península Ibérica no se quedaba corta: en esa época empezó a circular por Castilla el "Cantar del Mio Cid". El obispo de Santiago de Compostela, Diego Gelmírez, empezó en 1075 la construcción de una catedral que haría empalidecer de envidia a las demás diócesis de España. En Cataluña la Vieja, el historiador Pierre Bonnassie ha documentado un florecimiento cultural parejo al renacimiento carolingio, como el scriptorium y la biblioteca del monasterio de Ripoll. Y recomiendo al lector aficionado a la buena "pequeña historia" el volumen de Claudio Sánchez-Albornoz sobre la ciudad de León hace mil años, editado por Rialp, dónde palpita la vida de los reyes y también la de los humildes.

Pero el siglo XI sólo fue una antesala, el caldo de cultivo de la explosión de saber, conquistas, luchas y conspiraciones que llegaría después. Cuando empecé a escribir "La dama y el león", situada en el siglo XII en el norte de Francia, me dejé enamorar por las delicadas letras del amor cortés y de los poetas de la corte de Champaña. En mi siguiente novela, he regresado a las tierras de España para aprehender e imaginarme un siglo XII que no tiene nada que envidiar al de nuestros vecinos europeos. Mañana, más.