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2.6.10

Junio vándalo



Después de la entrega de otro artículo que tenía pendiente, en esta ocasión para la revista Historia y Vida, ando enfrascada en la lectura del volumen Épocas medievales de Eduardo Manzano de la serie Historia de España recientemente editada por Crítica. No es la primera vez que confieso mi debilidad por el estilo  y la destreza de dicho historiador, que consigue en una extensa obra de 880 páginas volver a contar la Edad Media en su más amplia cronología, armado de fluidez narrativa, concisión y un absoluto dominio del tema que le ocupa. Arranca la obra con un breve repaso a las oleadas bárbaras que asolaron el Imperio en sus últimos años.

Por eso pienso en el mes de junio de 455, y en la Roma calurosa en la que logró entrar Genserico después de que los propios gobernantes del Imperio le pusieran las cosas fáciles: Petronio Máximo, que debería ser conocido como El Breve pues fue emperador desde el 17 de marzo hasta el 31 de mayo, había usurpado el trono de Valentiniano III. Esto le dió a Genserico una excusa, si es que la necesitaba, para considerar que el tratado que había firmado con el desaparecido emperador era agua pasada. Llegó con facilidad a las puertas de Roma, y el cronista de la época, Próspero, relata que fueron las súplicas del papa León I las que impidieron una masacre. En lugar de segar vidas, las tropas de Genserico se limitaron a entrar en la ciudad, arramblando con oro, plata y objetos de valor durante casi quince días, que debieron ser largos días de junio para los habitantes de la ciudad de las siete colinas. En cuanto a Petronio Máximo, fue víctima de la multitud romana, enfurecida por la cobarde actuación del que debiera haberles defendido hasta la muerte: trató de huir como una rata, y como tal murió a manos del pueblo.

Ironía del destino que se repite como una lección antigua: Eudocia, nieta de Gala Placídia, terminó  como su abuela, secuestrada por los vándalos y casada con uno de ellos. De mujeres romanas y de sus destinos versa el texto de mi artículo. Avisaré de la fecha de publicación, y espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho escribiéndolo.

29.8.09

Constantino el Grande


Cuando Constantino, emperador romano de Occidente, y Licinio, emperador de Oriente, firmaron en 313 el Edicto de Milán, nadie podía sospechar que la libertad religiosa que salvaba, a partir de aquél momento, a los cristianos de la persecución convertiría a la iglesia católica en una institución occidental de longevidad casi insuperable. Después vendría el Concilio de Nicea, presidido por Osio de Córdoba, dónde se condenó el arrianismo y se estableció el marco teológico de la religión cristiana.

Son hipnóticos estos momentos pivotales, dónde el río de la historia toma un curso u otro en función de los intereses, las maniobras o las acciones de sus protagonistas. La figura de Constantino ha quedado acuñada como la del primer emperador cristiano, pero basta recorrer estudios como los de Paul Veyne o James Carroll, dónde el emperador oscila entre el hábil cálculo y la genuina conversión, para ver cuán frágil es la reconstrucción histórica incluso de los episodios más conocidos. Lo mismo sucede con las distintas representaciones que del emperador hacen las (por lo demás, muy recomendables) muchas series o docudramas sobre el imperio romano. Por ejemplo, la adaptación de la BBC, moderna y casi fílmica (con actores profesionales y unos medios que para sí querrían los cineastas españoles, excepto quizá Amenábar). Con lo que me gusta (y me cuesta) recrear la Edad Media, me quito el sombrero para con resultados tan diversos pero tan notables.