6.4.09

Locus Amoenus



A las puertas de las vacaciones de Semana Santa, y con la deshonesta intención de amarrarme al escritorio para cumplir con mis compromisos literarios, ya podéis imaginar que si le robo unos minutos a la pantalla blanca de mi MacBook (y aprovecho para mandar buenísimos deseos de salud a Steve Jobs), es porque esta bellísima antología merece un comentario aparte.

Para todos los enamorados de la poesía medieval, este volumen magníficamente editado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, es un imprescindible regalo. Buscad cualquier excusa: que falta ya poco para Sant Jordi, que este año será vuestro aniversario, o el santo de un amigo, que hoy es lunes o que mañana quizá será martes. No importa, pero no dejéis de darle una oportunidad a estos versos escogidos de lírica medieval. En un recorrido por las ocho lenguas que convivieron en la Hispania medieval (latín, árabe, hebreo, mozárabe, provenzal, galaico-portugués, castellano y catalán), la selección de fragmentos de nuestro pasado poético, a veces común y a veces distinto, es la mejor manera de entender la cultura que tenemos hoy y también de apreciar la que pudimos tener.

Aparecen viejos amigos como Guillem de Berguedà o el rey Alfonso II de Aragón, Gonzalo de Berceo y Jorge Manrique, o Ramon Llull; pero también delicias menos conocidas como la poetisa Hafsa Bint al-Hayy ar-Rakuniyya o Yehuda Ha-Levi, entre muchos otros. Os dejo con unos apasionados versos de Ibn Sahl:

Ten compasión de mí, que el alma tengo rota,
y mírame, pues ya he entregado el espíritu.


4.4.09

Barcelona medieval




Si en anteriores entradas hablé del pasado medieval de Córdoba, hoy le toca a Barcelona: también entre sus calles se respira la huella de un tiempo añejo. Cualquiera que haya pisado los adoquines del Barri Gòtic o admirado el conjunto de Santa Maria del Mar, que tan famosa se ha hecho por causa literaria, sabe que Barcelona es un tesoro de historias por descubrir. Con cierta regularidad visito la calle del Bisbe, y aunque llego con mis prisas y mis inquietudes, el empedrado tranquilo por los siglos que ha vivido me recuerda que con tiempo y con paciencia se ganan las batallas más arduas.

Aalis de Sainte-Noire también pisará esas calles en su próxima aventura y por ello he cambiado, momentáneamente, la lectura de Chrétien de Troyes por las cuatro grandes crónicas catalanas, como se conocen las obras de Jaume I, Bernat Desclot, Ramon Muntaner iyPere el Cerimoniós, y que constituyen un rico patrimonio documental sobre la historia de Catalunya. (Un material historiográfico notable, junto con el del Archivo de la Corona de Aragón). Aunque cronológicamente la segunda novela transcurre durante el último cuarto del siglo XII y las crónicas son posteriores, no hay como sumergirse en las fuentes originales para conocer de primera mano los detalles que, más tarde, darán vida y pinceladas de verosimilitud a la ciudad de Barcelona que recrearé en mis páginas. ¡Deseadme suerte!


1.4.09

La flecha negra



Mientras preparaba un mensaje con mi lista de personal de novelas históricas favoritas, se cruzó en mi camino un texto entrañable y honesto como las lágrimas, de esos que se escriben en carne viva y se leen mejor con la piel que con los ojos. Esas líneas de otro me llevaron de un tirón afectuoso a mis primeras lecturas: las que tuvieron esa suerte y por ello dejaron huella más profunda, me enseñaron a ser lectora y quién sabe si la escritora que soy.

Y entre ellas, le debo una profunda reverencia a la novela de aventuras, especialmente a una titulada La flecha negra y a su autor Robert Lewis Balfour Stevenson.

Tenía en el cinto cuatro flechas negras
por las cuatro penas que he soportado
y para los cuatro hombres malvados
que nos tiranizan y nos atropellan.
Una dio en el blanco, una ya acertó
pues al viejo Appleyard muerto lo dejó.
Otra, Master Hatch, para vos, no miento
por quemar Grimstone hasta los cimientos.
A Oliver Oates otra irá a parar
que a Sir Harry Shelton mandó degollar.
Y para Sir Daniel la cuarta será
y todos dirán que bien hecho está.

Cada cual tendrá lo que ha merecido
una flecha negra por cada maldad
y ahora caed de rodillas, rezad
¡porque ya estáis muertos, vosotros, bandidos!


¿Quién no ha soñado en interpelar así a los seres retorcidos que pueblan cualquier sociedad en todos los tiempos? Pero La flecha negra es más que una novela de aventuras y venganza entre los clanes de Lancaster y York enfrentados durante la Guerra de las Dos Rosas. En ella, el personaje principal, Richard Shelton, aprende que para ser libre hay que cuestionar las verdades aceptadas, que la mentira anida en los lugares más insospechados, y que el valor de la lealtad es más importante que todo el oro del mundo. Son grandes palabras para nuestras pequeñas vidas, pero me apuesto una noche de luna a que en algún momento todos nos hemos hallado frente a una elección moral: lo que la narrativa medieval llama honor y valor, quizá hoy es integridad y coherencia. Los ejemplos no abundan, pero afortunadamente los hay.

Y hoy, al releer la dulce y limpia historia de amor de Dick Shelton y Joanna Sedley, en la cuidada edición en tapa dura que Edhasa ha publicado -encomiable la labor de recuperación de novelas clásicas de aventuras que ésta y otras editoriales están llevando a cabo- me doy cuenta de que Aalis de Sainte-Noire, la protagonista de mi novela, es en parte heredera de Matcham y de Joanna, y también de la terca defensa del honor y del derecho a la libertad que el joven Shelton emprende. Me enorgullezco de escribir novela históricas y de aventuras, porque esas letras proceden de una estirpe con apellidos como Stevenson. A los ojos del correcto mundo de los rectángulos, será tal vez literatura bastarda y nómada. ¡Así sea! Esa es mi respuesta, en las mismas palabras del glorioso escocés que abren La isla del tesoro, otra de sus magníficas novelas que constituyeron mi educación sentimental y literaria, y quizá también la vuestra.

Si los cuentos que narran los marinos,
Hablando de temporales y aventuras,
de sus amores y sus odios,

De barcos, islas, perdidos Robinsones,
Y bucaneros y enterrados tesoros,
Y todas las viejas historias, contadas una vez más
De la misma forma que siempre se contaron,
Encantan todavía, como hicieron conmigo,
A los sensatos jóvenes de hoy:

-¿Qué más se puede pedir? Pero si ya no fuera así,
Si tan graves jóvenes hubieran perdido
La maravilla del viejo gusto
Por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
O con Coopery atravesar bosques y mares:
Bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
Dormir el sueño eterno con todos mis piratas
Junto a la tumba dónde se pudran ellos y sus sueños.


31.3.09

Interludio

No es día para textos largos. Hoy, poesía. Buscadla en Palabra sobre palabra, de Ángel González.

Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
"Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas."
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.



30.3.09

Ojos azules


Es saludable ver que la narrativa medieval ocupa espacios hasta ahora relativamente reservados a la literatura en general, como son los relatos. Pues un relato es lo que son las potentes sesenta y ocho páginas que componen Ojos azules, que como siempre en Arturo Pérez-Reverte, consigue transportar al lector al mundo y la época de su elección, en este caso el choque entre aztecas y conquistadores españoles, que tiñó de sangre el Nuevo Mundo. Es singular y original, y me pregunto si el autor imaginó la narración tal y como se ha publicado, o bien si constituía el germen de un proyecto más extenso. Bienvenido sea, en cualquier caso. Le tengo afecto a Pérez-Reverte, como a Matilde Asensi o los demás autores españoles que han logrado cruzar las fronteras de la traducción, pues abren un camino de normalización: el público castellano tiene derecho a poder elegir entre John Grisham o Carlos Ruiz Zafón, igual que puede escoger entre Miguel Delibes y Marguerite Duras. Quizá sea mi corazón fácil, pero me emociona ver la página web de Pérez-Reverte en inglés. Hace diez años, hubiera sido impensable.

También vale la pena señalar que se trata de una de las primeras incursiones de Arturo Pérez-Reverte fuera de su sello editorial de costumbre, Alfaguara, del Grupo PRISA, pues Ojos azules se ha publicado en Seix Barral, que pertenece al Grupo Planeta. Resulta entretenido seguir los vaivenes editoriales de los escritores: es como observar un baile que empieza en el siglo XIX, medidos los pasos y educadas las reverencias -estoy pensando en la escena de alguna adaptación fílmica reciente de Jane Austen- y termina en una suerte de rave pagana poblada de vampiros seductores (tan de moda ahora gracias al crepúsculo de Stephenie Meyer), hombres lobo, arpías con corazón de melocotón, hadas de lengua viperina y gigantes desganados, enanos ridículos y bufones callados, y algún que otro sapo con ínfulas de príncipe. La vida editorial desata mi sentido paródico, lo confieso, y amo este mundo deforme a mi pesar.

Pero volvamos al hilo inicial: los relatos son uno de los géneros más menospreciados de la literatura, y siempre me ha asombrado que haya quién aún sostenga que Chéjov, Borges o Dahl son autores menores. Desde el guiño del microrrelato a la Monterroso, hasta un "Hills like White Elephants", el cuento puede dejar un sabor en los labios tan agridulce y a la vez retorcido como veinticinco páginas de Proust. Sin embargo, creo que el mito del cuento (valga la redundancia) es esa manida frase que aduce lo siguiente: ante la falta de tiempo de la vida moderna, la lectura se hace píldora, y el relato le gana la mano a la novela-río. Pero sucede que las novelas más vendidas y, cabe creer, leídas de los últimos años desmienten tajantemente esa afirmación: La catedral del mar, La sombra del viento, Los hombres que no amaban a las mujeres, El fuego, y la propia saga Crepúsculo, son todos volúmenes que superan ampliamente las trescientas páginas. El lector moderno, quizá harto de tanta información segregada, cortada y digerida, necesita hundir las fauces en una construcción literaria que a su vez le devore, masticando su vida cotidiana y llevándole de la mano hacia un Paraíso sin horarios, informes, llamadas ni SMS. Para eso no hay nada mejor que las páginas prometedoras de un libro largo, largo como el día y la noche.

Creo que una buena explicación de esa paradoja es que el cuento quiere tiempo para saborear verdaderamente sus pocas y bien seleccionadas palabras: ¿o es que no son necesarios un par de días para dejar de sonreír al pensar en el archifamoso "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" ?


29.3.09

Mujeres de agua


Cuando Jean Auguste Dominique Ingres pintó en 1814 este cuadro, titulado La Grande Odalisque, todo Paris se escandalizó y le llovieron los reproches de la Academia: las proporciones eran erróneas, aducían, y blandas las formas de la odalisca de harén que el pintor había retratado por encargo de la hermana de Napoleón, Carolina. Antoine Galland había publicado casi un siglo antes su traducción de Las mil y una noches, y Montesquieu no le había ido a la zaga con sus Cartas persas que narraban las aventuras de Usbek y la correspondencia que mantiene con sus cinco mujeres y sus concubinas. El propio Napoleón regresaba de una larga campaña en Egipto. En suma, Francia seguía la moda persa, la fiebre orientalizante todo lo teñía y las mujeres árabes eran vistas por ojos de pintores franceses como lánguidas flores de carne y terciopelo.

Y sin embargo, qué distinta la realidad que surge mientras me documento sobre el harén de los califas, los baños turcos y los hammam, dónde según la imaginación desatada de los caballeros del siglo XIX, pasan el día las desnudas Scherezade del siglo XII. La verdad era que los baños públicos, fuentes de higiene y de salud, abundaban en Córdoba (más de trescientos dicen las fuentes) con días alternados para hombres y mujeres; solían contar cinco salas, incluyendo un vestuario, la sala fría, la sala de baños tibios, el recinto de agua caliente, y otras dependencias para el funcionamiento del complejo. Las mujeres convergían en los receptáculos para el baño, unidas bajo un techo de lucernarias en forma de estrella, que preservaría la intimidad y convertiría el espacio de aguas en un entorno protegido y reconfortante, como si de un cálido abrazo se tratara. Allí jóvenes y mayores, vírgenes y matronas seguramente aprendían mutuamente de sus cuerpos respectivos: unas miraban el futuro de su piel en las carnes de las otras, y las mayores recordarían edades más lozanas e inocentes al observar a sus hijas y nietas gozando de los beneficios del agua y del vapor.

Leo sobre los hammam porque uno de los pasajes de la nueva novela que estoy escribiendo transcurre en uno, el baño califal situado dentro del Al-Qasr: allí, la protagonista Aalis de Sainte-Noire, cristiana y por ende ajena a una cultura dónde los cuerpos femeninos conviven sin falsos pudores, se ve confrontada a esa sensualidad independiente -que pudiera parecer paradójica en el mundo musulmán, pero que no lo es en absoluto- y aprende a ser un poco más libre. Ahora que llega esa esperada primavera, y después el verano, cuando dejaremos atrás los pesados abrigos y chaquetas del invierno, y las siluetas saldrán a la luz del sol, sería bueno recordar la estampa de un grupo de mujeres, de distintas vidas recorridas, compartiendo aire y agua sin preocuparse de la forma de sus cuerpos. ¿O es que la Gran Odalisca se avergüenza de mirar al observador, mientras le ofrece todas las imperfecciones de su gloriosa piel?

26.3.09

Hora bruja



Casi sin darnos cuenta el día ha jugado al escondite con nosotros. Ocho, diez, doce horas se han hecho arena. Pienso en eso al acordarme del golpe breve, insospechado que recibió Natasha Richardson mientras aprendía a esquiar, y que de un dolor de cabeza pasó a ser un trauma encefálico, un coma y finalmente la muerte. Deja un viudo, Liam Neeson, y dos hijos adolescentes. ¿Valen la pena los minutos agotados en actividades que no nos inyectan pura vida en las venas? Pienso en eso al leer que Vanessa Redgrave, madre de Natasha y también actriz, se unirá a las filas de la siguiente película de Ridley Scott, que se empieza a rodar en Londres este mes de marzo. ¿Será cierto? ¿Se puede pasar del duelo de una hija a la filmación de una fantasía medieval? Y termino pensando que quizá sí, que tal vez lo mejor para la que fue una dulce Ginebra de Camelot es perderse en los bosques de Sherwood, sumergirse en una ficción lo más alejada posible de la terrible realidad.

Y es que la acción de la película de Ridley Scott transcurre también en ese siglo XII del que hablaba ayer, aunque no es Córdoba ni Toledo el escenario de su trama, sino la relectura de la leyenda de Robin Hood, cuando en Inglaterra reinaba Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León era prisionero de Leopoldo de Austria. ¿Podrá el viejo zorro de Blade Runner, Los duelistas, Alien y Gladiator darle la vuelta de tuerca al mito?

¿Después de Errol Flynn, de Kevin Costner y del olvidado Patrick Bergin; de Claude Rains, Basil Rathbone y el inolvidable Alan Rickman, incluso con la tinta fresca de una adaptación televisiva de la BBC, se puede redescubrir a Robin de Locksley? Me da la sensación de que después de probar suerte con la reinvención del género medieval en El reino de los cielos, ambiciosa pero fallida en muchos aspectos, a Sir Ridley le toca sacarse la espinita y hacer suya de una vez por todas la Edad Media, como lo hizo con la Roma antigua o con el futuro lluvioso con androides que sueñan con ovejas eléctricas. Rutger Hauer jamás volvió a estremecernos tanto como cuando murmuró: "Es hora de morir". Pienso en los memento mori del Renacimiento. Pero, ¿es posible que necesitemos recordar que somos mortales?

25.3.09

Dieciséis pergaminos


Se publica hoy la noticia de que se han recuperado 16 pergaminos del siglo XI robados de los Archivos de Huesca, algunos incluso firmados por reyes. Se aprecia en la fotografía que acompaña al artículo la letra apretada y estrecha de la época, el aprovechamiento de la preciada superficie del papel amarillento y me emociono como esa arqueóloga que al acariciar los huesos de la hermana de Cleopatra, soñaba que las carnes que habían vestido ese esqueleto quizá hubieran rozado a Julio César o Marco Antonio. (Digresión fílmica habitual: qué gran César fue Rex Harrison, muchos años después de haber enamorado a la hermosa señora Muir).

El siglo XI es un momento privilegiado en la Península Ibérica: contamos con abundante documentación de Al-Andalus y los reinos califales, que como toda gran maquinaria estatal suelen dejar abundantes regueros de burocracia, el barro dónde los historiadores hunden sus manos par darle forma al pasado. El califato de Córdoba, antes de desintegrarse en los reinos de taifas, creó un imperio cultural del que da buena cuenta Titus Burckhardt en su libro "La civilización hispanoárabe" (Alianza). Podéis leer la introducción aquí.

El resultado fue Qurtuba, una impresionante combinación de saber, arquitectura y poder. En Medina Azahara, la ciudad real hoy destruida, se decía que las fuentes eran de oro puro y los mármoles cubrían suelos y techos de la riquísima residencia del califa. Hay diversas recreaciones en 3D en youtube que valen mucho la pena.

Por su parte, la Península Ibérica no se quedaba corta: en esa época empezó a circular por Castilla el "Cantar del Mio Cid". El obispo de Santiago de Compostela, Diego Gelmírez, empezó en 1075 la construcción de una catedral que haría empalidecer de envidia a las demás diócesis de España. En Cataluña la Vieja, el historiador Pierre Bonnassie ha documentado un florecimiento cultural parejo al renacimiento carolingio, como el scriptorium y la biblioteca del monasterio de Ripoll. Y recomiendo al lector aficionado a la buena "pequeña historia" el volumen de Claudio Sánchez-Albornoz sobre la ciudad de León hace mil años, editado por Rialp, dónde palpita la vida de los reyes y también la de los humildes.

Pero el siglo XI sólo fue una antesala, el caldo de cultivo de la explosión de saber, conquistas, luchas y conspiraciones que llegaría después. Cuando empecé a escribir "La dama y el león", situada en el siglo XII en el norte de Francia, me dejé enamorar por las delicadas letras del amor cortés y de los poetas de la corte de Champaña. En mi siguiente novela, he regresado a las tierras de España para aprehender e imaginarme un siglo XII que no tiene nada que envidiar al de nuestros vecinos europeos. Mañana, más.

¿Existe la suerte?


Es el título del nuevo libro de Nicholas Nassim Taleb, el brillante matemático que se adelantó a la llegada de la crisis con "El cisne negro". (No confundir con la magnífica película sobre un barco pirata cuyo capitán, Tyrone Power, se paseaba por el Caribe insolentemente acompañado de Maureen O'Hara y el genial secundario Thomas Mitchell). En el libro de Taleb, la expresión hace referencia a la nula probabilidad de que existieran cisnes negros, hasta que se descubrió uno en Australia. Taleb ya avisó de que venían tiempos de cisnes negros, negrísimos. Me parece una bella imagen poética para describir lo improbable de un momento económico que nos tiene en vilo, pero cada vez más empuja a la lectura como refugio. En "¿Existe la suerte?" (Paidós, 2009) Taleb vuelve a regalarnos perlas de sabiduría matemática mezcladas con ironía à la House. Después de recordarnos el pasaje de "La Odisea" dónde Ulises escapa de los cantos de sirenas atado al mástil, tras haber repartido tapones de cera entre sus marineros, Taleb dice:

"La primera lección que extraigo de esta historia es que no hay que intentar ser Ulises. Es un personaje mitológico, y yo no lo soy. Él se ata al mástil; yo apenas alcanzo al rango de marinero con cera en las orejas".

La tesis de Taleb es que caemos en las trampas del azar continuamente: tomamos decisiones basadas en datos aleatorios, sesgados y desvirtuados por lo que no es extraño que acabemos escarmentados. Sin embargo, a pesar de lo mucho que disfruto con su estilo acerado y mordaz, debo reconocerme de la vieja, viejísima escuela que convive cómodamente con las ráfagas de casualidad que azotan los acantilados de la vida. Yo no sé si hay que ser Ulises o aceptar la modesta condición de marinero de segunda, pero sí sé que hay demasiados Cíclopes sueltos. Entiendo, claro está, que haya quién tenga dificultades para asumir que cruzar la calle ya es todo un riesgo, y que quiera buscar siempre la protección y la seguridad de los pasos cebra. Pero al final, ni cebras ni cisnes negros nos van a salvar de los pasos del azar. Y yo aún diría más, como los Dupont: a veces, por suerte.

24.3.09

Vuelta a empezar

En abril de 2007 deseaba un feliz "ramblejar" a los visitantes de este blog, y me parece increíble encontrarme de nuevo a las puertas de un nuevo Sant Jordi, el de 2009. Las cosas han cambiado, hay personas que han llegado y otras que se han ido de nuestras vidas, pero este vaivén no ha sido para quedarnos igual, a la Lampedusa. La familiar compañía de la crisis que, siendo una palabra tan corta, se traduce en un largo desfile de cotidianos ahorros, es la gran diferencia entre la bonanza de hace dos años y la frugalidad de hoy.
Y sin embargo, qué alivio. Alivio es olvidarse de grandes y fastuosos regalos de aniversario, Navidad o festividades forzadas, y volver al detalle simple y cariñoso de acordarse del otro y de su día. Alivio es no tener que contestar interrogatorios si decidimos pasar las vacaciones en casa, ¿dónde mejor que en casa?, en lugar de arrastrarnos por paraísos prefabricados o vivir veranos de otras ciudades. Alivio es para mí vivir y trabajar entre libros, esa pseudo-mercancía que parece resistir los embates del mercado mejor que otras, y que por mucho que traicione a unos con otros, siempre me lo perdonan y devuelven infidelidades con abrazos.

Así que bienvenidos de nuevo a este espacio; ya lleguéis con ordenadores más económicos, ediciones de bolsillo y mesas de Ikea, o bien con Apple, libros de tapa dura y mobiliario de teca. La ventaja es que la lectura jamás hizo distingos entre ricos y pobres, porque las letras sí son socialistas de pro: se leen igual para todos.

22.4.07

Feliz "ramblejar"

Se conoce como "ramblejar" un placentero paseo Ramblas abajo, siendo las Ramblas uno de los ejes más importantes de la ciudad de Barcelona. En el día de Sant Jordi, el paseante no solamente verá flores, estatuas humanas o quioscos de pájaros (aunque el destino de éstos pende de un hilo, a tenor de la voluntad regulatoria del Ayuntamiento), sino también paradas y más paradas de libros.


Reconozco que hace años que no "ramblejo" en Sant Jordi. Como un explorador aquejado de timidez, me limito a las anchas aceras del Paseo de Gracia hasta llegar a Plaza Catalunya, y aún éstas no logran a veces absorber el volumen de ciudadanos que salen a la calle en busca de libro y rosa. Menos espaciosas a pesar de su encanto añejo, las Ramblas se convierten en una columna humana que parece detenida en el tiempo, pues no da la sensación de avanzar ni un ápice. Eppuor si muove, pues la marea sigue su curso, hacia el mar y la sal. Los valientes compradores de libros respiran el aire que viene de las islas cuando llegan al pie de la estatua de Colón.


En parte la fiesta ha cambiado mucho para mí, desde que entré a trabajar en una editorial, hace ahora ya (¿tanto?) diez años, y no digamos desde que publiqué mi novela. Evidentemente no es lo mismo comer en un restaurante que formar parte de la cocina. Pero no estoy hablando de ninguna "inocencia perdida" o ataque de desilusión galopante. Eso me parecería de una ordinariez supina, y disculpadme la expresión. Quiero decir que todos hemos visto House, ¿no? Y algunos, antes de eso, hasta llegamos a leer esas crudas descripciones del mundillo médico que eran La casa de Dios y Monte Miseria, de Samuel Shem. En sus desternillantes y grotescas novelas retrataba a los gobernantes de manicomios y hospitales como seres aptos para el ingreso urgente en la institución que ellos mismos regentaban. En resumen, que en todas partes cuecen habas.

Así que no, lo cierto es que no esperaba que el negocio que rodea a la literatura fuera distinto de otros. He tenido suerte, también es verdad: los profesionales que me han atendido (editores, agentes literarias, diseñadores, agentes comerciales, libreros) en mi faceta de autora han sido eficientes, encantadores e impecables. No, no. En serio. De verdad.


De modo que volviendo a esas personas que mañana saldrán a la calle (y que ya llenaban las librerías desde el viernes por la tarde) en busca de un regalo libresco, mi duda radica en si apreciarán la labor que hay detrás de todo editor y autor cuando presenta un volumen al público. Me lo pregunto, en primer lugar, porque hay mucho gato por liebre y no poca desvergüenza, así que no es de extrañar que al personal la mosca ya no sólo se le haya subido a la oreja, sino que la tenga mordisqueándole el metacarpo. Y me lo pregunto también porque entre tantas y tantas publicaciones nuevas, hasta una veterana (a mis tiernos diga treinta y tres) se siente abrumada por la grandísima oferta. Lo explica muy bien el periodista Barry Schwartz en The Paradox of Choice. De tanto dónde escoger, termina uno por no saber qué elegir.


Así que mi prudente recomendación para mañana lunes, día de Sant Jordi, es la siguiente: salid a la calle sabiendo que hay muchos y buenos editores, y otros tantos autores. que han trabajado duro para ofreceros su libro (amén de los sufridos libreros, que como todo intermediario reciben por todos lados). Desconfiad del libro fácil y también del difícil: lo importante es que al sostenerlo en vuestras manos, se produzca esa magia entre la intuición del lector, la contratapa del libro y la cartera del que compra, que desemboca en la adquisición del libro.

Nada más (y nada menos) que un pequeño milagro.

En vísperas de Sant Jordi


Vuelven las rosas a la ciudad, invaden de nuevo las aceras los libros.

Es Sant Jordi, esta vez del 2007. Hace un año, recuerdo que pasé uno de los días más felices de mi vida, rodeada de amigos y de lectores, firmando ejemplares de mi novela recién publicada, La dama y el león, y disfrutando de la fiesta sin más preocupaciones que llegar a tiempo a la siguiente librería. En la víspera de este 23 de abril, sigo atareada pero esta vez en mi siguiente obra. No es tiempo de firmas, sino de redacción y escritura, de reescritura y revisión. Más arduo, más desagradecido, aunque creo que no cambiaría casi nada de lo sucedido entre el pasado dia de Sant Jordi y el que se avecina.

Es increíble que en un año se acumulen tantísimas caras y caracteres nuevos y viejos, charlas insospechadas y conversaciones inauditas, momentos tensos e instantes de alegría infinitas, llanto de novela rusa y risas ligeras. Recordaré 2006 como un año increíble, pero confieso que el presente no se queda corto. Espero estar compartiendo pronto el fruto de todo este año de trabajo. De momento, me parece un pequeño gran tesoro, una de esas victorias cotidianas, el haber vuelto a este redil público y a la vez, tan secreto. Como dice un personaje al que le tengo afecto, es hermoso.

Mientras tanto, os deseo un feliz día de Sant Jordi, un agradable y soleado paseo por las calles enlibradas de nuestra ciudad, y envidio la suerte del volumen que escogeréis para llevaros a casa.

Mi recomendación de este 23 de abril: La biblioteca de los libros perdidos, de Stuart Kelly. Para los aficionados a la historia de los no-libros, los seguidores de Vila-Matas y los adictos a los deliciosos compendios de anécdotas y literatura que hilvana Alberto Manguel.

16.10.06

Pasaba por aquí

Lo sé, lo sé. No es de recibo empezar con tres densos párrafos, dar la mano, hacer las presentaciones, y luego desaparecer sin más. En mi descargo diré que esto no es un cuaderno de bitácora (como diría Duchamp, "ceci n'est pas une pipe") sino un diario virtual que no escribo en un cuaderno Moleskine porque me da en la nariz que las narraciones de mis aventuras no quedan a la altura de las de Bruce Chatwin, y bastante es teclear en el vacío como para además ser puntual, formal y comedida. Es decir, que bienvenidos de nuevo y a lo nuestro.

Dan para mucho cuatro días sin fichar. Para los afortunados neófitos no familiarizados con la vida laboral, "fichar" es el acto de ceder tu tiempo a un empleador a cambio de dinero. Así que "no fichar" equivale a disfrutar del día sin más imposiciones que las imprescindibles de la vida cotiana, a saber, comprar leche, el periódico y sacar la basura. Pero decíamos que dan para mucho, esos días sin intercambios. Dan para hacerse con algún libro del último Premio Nobel de literatura, Orhan Pamuk, y respirar hondo porque vale la pena. Dan para remordimientos, tras la moderna traición, para volver al abrazo cálido y comprensivo de los clásicos olvidados en la estantería fría, y darle vueltas a Montaigne y Rousseau y a todas las confesiones que han brotado antes que la propia. A mí que tanto me cuesta recordar las palabras exactas de los demás (quizá porque toda mi energía se emplea en recordar las frases perfectas que cruzan mi cerebro a toda velocidad, demasiado rápidas para capturarlas en página quieta), vuelve continuamente a mi cabeza una cita de María Zambrano, "toda confesión es la esperanza de recuperar un Paraíso perdido", y me distraigo pensando en qué carajo de Paraíso quiero recuperar, si tuve alguno.

Y acaso sea que quiero volver a encadenarme a las letras del teclado, que ese es todo mi Paraíso. La mayúscula, como en el caso de todos los escritores, va en el "mi", antes que en el paraíso. Cualquier emborronador de cuartillas que se precie y se conozca sabe bien que crea para tener el poder de crear. En mi caso, confieso que la felicidad absoluta me llega en el instante en que me olvido de todo lo que hay fuera del cuadrado blanco de la pantalla, y me rompo los sesos para poner juntas cuatro palabras y contar una historia. Como acabo de hacer ahora.

Recomendaciones para hoy: de vez en cuando, mirad a la cara de la gente con la que os cruzáis por la calle. Ya, ya. Pero probadlo.

3.9.06

¡Bienvenid@s!

Me rindo. Esta entrada - curiosa forma de llamar a la exposición pública de unas letras, que salen y flotan y vete a saber dónde terminan - es una derrota, pero qué le vamos a hacer. Grandes hazañas empezaron muy mal, o si no preguntádselo a Enrique V (el de Kenneth Branagh, si no os importa) y otras que a priori nacen apadrinadas no tienen buen final. Como decía, qué le voy a hacer si para garantizarme mi espacio de escritura tengo que hacerlo público, y pactar ese par de horas diarias no sólo conmigo y mi ordenador, sino también con un navegante anónimo que dé en parar por aquí, y con el que fingiré que tengo una cita, no sé si diaria o semanal o qué. Tampoco hagamos leña del árbol caído. A ver si por comprometerme a escribir en este cuaderno de bitácora, como me dicen los puristas (siempre tan serviciales) que se tiene que llamar esto, vamos a fijarnos horas y mirar relojes con cara agria. Navegar nunca ha sido una actividad de gente apresurada.

Como buena principiante, ignoro si hay extensiones adecuadas para un primer tiento, pero supongo que sí habrá tiempo para los nombres y los porqués. Los afortunados que no los necesiten, nos veremos en algún otro renglón. Para los demás: me llamo Claudia Casanova, y las letras han sido siempre mi debilidad, en cualquiera de sus formas. He hecho varias cosas a lo largo de mi vida, que cuenta con 32 años bastante bien empleados, pero ni la mitad de lo que soñé hacer alguna vez: descender por el río Orinoco, encontrar las minas del Rey Salomón o subirme al cohete de los Méliès y terminar estampada en el ojo de la Luna. En fin, que soy un poco miedosa en lo que se refiere al riesgo físico, por lo que siempre agradecí mucho a los escritores que me dieran la oportunidad de experimentar las emociones de la aventura, el desgarro de la tragedia y los azares de la peripecia sin necesidad de hacerme un rasguño.

De modo que de mayor quise hacer lo mismo, y hace unos meses publiqué La Dama y el León, mi primera novela, en la editorial Planeta. Es un relato de aventuras, protagonizado por una mujer, Aalis, que escapa de la vida que los suyos quieren imponerle, en el siglo XII, en el norte de Francia. No os digo más, excepto lo evidente: que fue una gran alegría ver el manuscrito publicado y que estoy muy orgullosa. Pero en la sangre de los que tenemos la tremenda desvergüenza de sentarnos a escribir no corre precisamente la satisfacción, sino una permanente consciencia de no haber logrado llegar a plasmar perfectamente todo aquello que bullía en nuestra cabeza, y eso nos impulsa a seguir escribiendo (para desespero de los detractores y gozo de los lectores fieles). Así que después de un rodeo, vuelvo a deciros que estas palabras están aquí, colgadas (literal y figuradamente) porque tengo que seguir tecleando y ejercitando mis manos y mi mente. No estoy satisfecha, y no creo que nunca llegue a estarlo. Pero si por el camino me divierto intentándolo, y alguno de vosotros también, no habremos perdido demasiado.

Recomendaciones: tomad un buen bistec de carne roja un par de veces al mes. De lo demás, hablaremos otro día.